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Alfonso Ruelas
Filosofía y ética

Boecio: la rueda de la fortuna, el destino y la libertad de decidir

Condenado injustamente y esperando la muerte, Boecio escribió La consolación de la filosofía. Su historia y lo que pensaba sobre la fortuna, el destino y el libre albedrío.

Por · · 7 min de lectura

Portada del artículo sobre Boecio y la rueda de la fortuna

En el año 524, en una celda de Pavía, un hombre que lo había tenido todo esperaba su ejecución. Había sido cónsul de Roma, el funcionario de más confianza de un rey, el hombre más culto de su tiempo. Ahora estaba acusado de traición, sin un juicio digno de ese nombre, y sabía que no saldría vivo. En esa celda escribió uno de los libros más leídos de la historia de Occidente: La consolación de la filosofía. Su autor se llamaba Anicio Manlio Severino Boecio.

Lo traigo a este blog porque pocas obras hablan con tanta claridad de algo que todos los que dirigimos, invertimos o tomamos decisiones conocemos bien: la suerte cambia, y lo que hacemos con ese cambio es lo único que de verdad nos pertenece.

Quién fue Boecio

Boecio nació en Roma hacia el año 480, en una de las familias más antiguas y respetadas de la aristocracia romana. El Imperio de Occidente ya había caído y en Italia gobernaba Teodorico, rey de los ostrogodos, que supo rodearse de romanos ilustres para administrar el reino.

Boecio fue uno de ellos. Llegó a cónsul en el año 510 y años después vio a sus dos hijos ocupar el consulado al mismo tiempo, un honor casi sin precedentes. Más tarde fue nombrado magister officiorum, el puesto administrativo más alto de la corte.

Pero su verdadera pasión era el estudio. Se propuso traducir al latín toda la obra de Platón y Aristóteles y demostrar que, en lo esencial, coincidían. No lo terminó, pero sus traducciones y comentarios de lógica fueron, durante casi seis siglos, prácticamente todo lo que Europa conoció de Aristóteles. Escribió también sobre aritmética, música y teología. Sin exagerar, buena parte de la educación medieval se construyó sobre sus libros.

La caída

Hacia el año 523 un senador llamado Albino fue acusado de conspirar con el emperador de Constantinopla. Boecio salió a defenderlo ante el rey con una frase que lo condenó: si Albino era culpable, también lo eran él y todo el Senado. Teodorico, ya envejecido y desconfiado, lo tomó como una confesión.

Boecio fue acusado de traición y de practicar artes ocultas, condenado sin poder defenderse y encarcelado. Al año siguiente fue ejecutado. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años.

La consolación de la filosofía

El libro empieza con Boecio en su celda, lamentándose. De pronto aparece una mujer de aspecto majestuoso: es la Filosofía. Lo encuentra rodeado de las musas de la poesía, que solo alimentan su tristeza, y las echa. Luego hace lo que haría un buen médico: primero escucha la queja y después aplica el remedio, de lo más suave a lo más fuerte.

Lo que sigue es un diálogo en cinco libros, alternando prosa y verso, en el que la Filosofía lleva al prisionero desde la autocompasión hasta las preguntas más profundas: qué es la felicidad, por qué parece que a los malos les va bien, qué es el destino y si de verdad somos libres.

La rueda de la fortuna

La imagen más famosa del libro es la de la Fortuna haciendo girar su rueda. La Filosofía le hace ver a Boecio algo incómodo: se queja de que la Fortuna lo abandonó, pero nunca se quejó mientras lo llenaba de honores, riqueza y una familia admirable.

Entonces deja hablar a la propia Fortuna, que se defiende: su naturaleza es girar. Sube a unos y baja a otros. Lo que te dio nunca fue tuyo; era un préstamo. Quien se sube a la rueda acepta sus reglas, y no puede exigirle que se detenga justo cuando él está arriba. Sería como pedirle al mar que no tuviera olas.

De ahí viene una de las ideas más finas del libro: la mala fortuna es más útil que la buena. La buena engaña, porque nos hace creer que lo que tenemos es estable y que nos lo merecemos. La mala, en cambio, nos muestra lo frágil que es todo y nos revela quiénes son nuestros verdaderos amigos.

La conclusión es clara: la felicidad no puede depender de algo que por naturaleza cambia. Dinero, puestos, fama y placer son bienes reales, pero prestados. El único bien que nadie nos puede quitar es el que está dentro de nosotros.

Providencia y destino

Si todo cambia, ¿todo es azar? Boecio responde que no, y aquí hace una distinción que influyó en todo el pensamiento posterior.

La providencia es el orden de todas las cosas visto desde la inteligencia divina, de una sola vez y en su conjunto. El destino es ese mismo orden visto desde abajo, desplegándose en el tiempo, encadenando causas y efectos.

Para explicarlo usa una imagen muy bella: círculos que giran alrededor de un mismo centro. El círculo exterior es el que más se mueve; el que está más cerca del centro casi no se mueve. Así, entre más se acerca una persona al centro, a lo esencial, menos la arrastra el destino. Quien vive pendiente de lo externo da vueltas sin parar.

Desde ahí la Filosofía resuelve también la queja de por qué a los malos les va bien: el castigo del malo es serlo, y su aparente éxito es solo una vuelta más de la rueda.

El libre albedrío

El último libro aborda la pregunta más difícil. Si Dios sabe de antemano todo lo que voy a hacer, ¿cómo puedo ser libre? Y si no soy libre, ¿qué sentido tienen el premio, el castigo o el esfuerzo?

La respuesta de Boecio es de las más ingeniosas de la historia de la filosofía. El error está en imaginar que Dios conoce como nosotros, en el tiempo, adivinando el futuro. Dios vive en la eternidad, que Boecio define como la posesión total y simultánea de una vida sin fin. Para Dios no hay antes ni después: todo es presente.

Y conocer algo en presente no lo obliga a ocurrir. Si te veo caminar, mi mirada no te obliga a caminar; simplemente lo veo. Del mismo modo, Dios ve nuestras decisiones libres como libres. Su conocimiento no las causa.

Boecio distingue aquí dos tipos de necesidad. Una es la necesidad simple: el sol tiene que salir. La otra es la condicional: si sé que alguien camina, necesariamente camina, pero eso no quiere decir que estuviera obligado a hacerlo. Nuestras decisiones caen en el segundo tipo. Somos libres, y por eso somos responsables.

Lo que nos deja hoy

He visto muchas empresas subir y caer, muchos patrimonios hacerse y deshacerse. Boecio me ayuda a ponerle nombre a algo que el oficio enseña tarde o temprano:

  • Lo externo es prestado. Un puesto, un contrato o una buena racha no definen a nadie. Quien se identifica con ellos sufre doble cuando se van.
  • La mala racha enseña. Las crisis revelan quién está contigo y qué de tu negocio era sólido y qué solo aparentaba serlo.
  • Lo que eliges es tuyo. No controlamos la rueda, pero sí cómo actuamos mientras gira. Ahí está la verdadera libertad, y también la responsabilidad.
  • Acercarse al centro. Entre más claros tenemos nuestros valores, menos nos arrastran los vaivenes.
No podemos detener la rueda de la fortuna. Podemos decidir quiénes somos mientras gira.

Boecio escribió su obra más serena en el peor momento de su vida. Quizá esa sea la lección más grande: la filosofía no es un lujo para tiempos tranquilos, sino una herramienta para los tiempos difíciles.

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